Ya lo decía Hannah Arendt

| 21 feb. 2011

Nuestro excompañero Rafael Castillo me envía esta interesante reflexión sobre los males de la educación. La escribió la filósofa Hannah Arendt allá por el año 1954. Lamentablemente, fue profética.

ARENDT LO VIO VENIR

La eterna crisis de la educación

Por Alicia Delibes

Hannah Arendt.
Entre el pasado y el futuro es el título que Hannah Arendt dio a una colección de ocho ensayos publicada en Estados Unidos en 1954. En uno de ellos, "La crisis de la educación", reflexionaba sobre las causas que habían hecho de la educación una de las cuestiones domésticas que más preocupaba a los políticos estadounidenses.
Según Arendt, esa crisis, dada la cantidad de prejuicios tanto políticos como pedagógicos que hacían imposible la recuperación de la sensatez, estaba abocada a convertirse en un auténtico desastre nacional.
Una crisis se convierte en un desastre sólo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con prejuicios. Tal actitud agudiza la crisis y, además, nos impide experimentar la realidad y nos quita la ocasión de reflexionar que esa realidad brinda.
Una buena parte de esos prejuicios eran de carácter político y tenían que ver con el concepto que los norteamericanos tenían de la igualdad. Según Arendt, cuando hablaban de buscar la igualdad no se referían sólo a una igualdad ante la ley, ni a la simple igualdad de oportunidades; querían llegar mucho más lejos, pretendían alcanzar una igualdad intelectual.

Llevados de este deseo igualitario, los responsables políticos habían extendido la obligatoriedad de la educación hasta los 16 años, ofreciendo a toda la población las enseñanzas que hasta entonces habían estado reservadas a sólo una parte de ella. En la práctica, había resultado que la enseñanza media era una mera prolongación de la educación primaria y no proporcionaba la formación necesaria para iniciar estudios superiores. Este sistema chocaba con el que, por aquel entonces, había en Europa. En Inglaterra, los niños de 11 años debían pasar un examen, y sólo los que lo aprobaban podían ir a una de las prestigiosas y exigentes escuelas estatales de secundaria, las grammar schools. Un sistema así, decía Arendt, era impensable en Estados Unidos.
Lo que hace tan aguda la crisis educativa americana es, pues, el carácter político del país, que lucha por igualar o borrar, en la medida de lo posible, las diferencias entre jóvenes y viejos, entre personas con talento y sin talento, entre niños y adultos y, en particular, entre alumnos y profesores. Es evidente que ese proceso puede cumplirse de verdad sólo a costa de la autoridad del profesor y a expensas de los estudiantes más dotados.
En cuanto a los prejuicios pedagógicos, Arendt señalaba tres supuestos sobre los que se sustentaban. El primero, que el mundo de los niños había de ser autónomo, autogobernarse y mantenerse al margen de los adultos. El segundo, que la pedagogía era una ciencia y lo importante no era saberse bien lo que se había de enseñar, sino saber cómo enseñar. Y, el tercero, que el niño sólo podía aprender lo que deseaba aprender, por lo que forzarle no tenía el menor sentido.

Esa idea de que el mundo de los niños tenía autonomía propia y había de ser gobernado por los propios niños había conducido a la sustitución de la autoridad del adulto por la del grupo; el haber hecho de la pedagogía una ciencia había descuidado la formación académica de los profesores; el empeño por hacer atractivas las clases había llevado a convertir las aulas en ludotecas; finalmente, la idea de que el niño sólo podía comprender y aprender aquello que él mismo hacía había conducido a la sustitución de las lecciones, en las que el profesor se proponía transmitir sus conocimientos, por talleres, en los que el alumno se dejaba llevar de su propia creatividad.

Para Arendt, no había duda de que esos dogmas pedagógicos conducirían a la pérdida del interés por transmitir una cultura y, a la postre, por la cultura misma. Despojados los profesores de su misión, estaban abocados a perder su autoridad, esa auctoritas que les confería la posesión de un saber y de unos conocimientos que la sociedad les había encomendado transmitir.

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Casi sesenta años después, el diagnóstico de Hannah Arendt se mantiene vivo y los buenos propósitos de Eisenhower, también. Lo de recuperar el valor del esfuerzo y del mérito académico y restablecer la disciplina en las aulas y la autoridad de los profesores se ha convertido en un manojo de frases hechas, que pronuncian ya políticos, incluso de izquierdas. Pero a la hora de tomar medidas se topan, una y otra vez, con aquellos prejuicios que Arendt profetizó harían imposible la recuperación de la sensatez y convertirían la crisis en un terrible desastre.