Reflexiones de Ana García sobre Vargas Llosa

| 14 dic. 2010



Nunca había leído nada de Mario Vargas Llosa, hasta que llegó a mis manos su discurso en la ceremonia de recogida del premio Nobel de Literatura de este año, y releyéndolo,  me pregunto si no estamos perdiendo un poco el norte y dejando de dar la importancia que corresponde a los momentos y espacios de esta nuestra vida dejándonos llevar por la excusa de la crisis.

Habla Vargas Llosa de varios temas para mí de gran importancia y de los valores principales que rigen mi vida. Habla del patriotismo y el nacionalismo, de la ficción y de la realidad. Habla también de la familia, del amor, pero éstos son valores más íntimos, más personales aunque afecten también a lo público. Habla Vargas Llosa de la religión, de la infancia.

Habla también Mario Vargas Llosa de  la educación. Muchas veces se nos olvida, tanto a nuestro alumnado como incluso a nosotros y nosotras mismos -por no hablar de la familia y las administraciones-, la importancia de la tarea que realizamos a diario; por alguna parte del alumnado encontramos la desidia, la falta de respeto a unas personas que están intentando formarles desde lo mejor que saben hacer y por la otra parte, la nuestra, a veces se nos olvida que estamos formando personitas, las gentes de bien del futuro. Se nos olvida también  que más allá de tanta competencia básica en distintas disciplinas, la primera y más importante y necesaria es la capacidad de ser persona alejándose de los animales que biológicamente también somos y como animales, mucho de lo que aprendemos lo hacemos por repetición, imitando los modelos a los que miramos.
             
              Habla también Vargas Llosa largo y tendido sobre la democracia y la dictadura, y pone de ejemplo a España como paradigma de país democrático y yo me pregunto ¿realmente es así? Si en nuestro pequeño mundo no se vive en democracia, si no se puede hablar por miedo, si no somos capaces de entendernos hablando y respetarnos en las decisiones tomadas, ¿estamos realmente en democracia?

              Uniendo los dos temas anteriores, al igual que Vargas Llosa los une,  puesto que para que haya democracia tiene que haber libertad y para que haya libertad tiene que haber educación; me gustaría que esto sirviera a modo de reflexión para empezar a dignificar nuestra profesión por la importancia que realmente tiene la educación (y no sólo la enseñanza) y hacerlo desde el convencimiento de la importancia de la labor realizada y reivindicar la libertad responsable y ponderada que nos hace falta para llevarla a cabo.

Recomiendo la lectura completa del discurso que podéis encontrar en:
Si preferís oírle y verle (son 54 minutos pero merece la pena):

6 comentarios:

Ángel dijo...

Interesantes reflexiones, Ana. La labor de dignificación de nuestra profesión, pienso, es una batalla perdida para nuestra generación, quizás en veinte años esto cambie... ¡Bienvenida, como autora, al blog!

Gema Herrerías dijo...

Ana, totalmente de acuerdo!!!!!!! Muy bien por las reflexiones.

¡Ahí te han "dao"! dijo...

Bonito discurso.
Gracias, Ana, y saludos.

Julio dijo...

Me han parecido muy interesantes las reflexiones... y estoy de acuerdo en casi todas.
Es cierto que a veces, los alumnos ven a los profesores y profesoras como unos "generales" que quieren controlar su vida. Tampoco es necesario generalizar... pero la mayoría de los alumnos piensan así. Ahora... una vez que se sale de un instituto, a parte de que mi relación con mis profesores de 4ºESO y de los demás cursos ha sido siempre excelente, te das cuenta de que son personas que sólo hacen su trabajo de la mejor manera posible.
Desde aquí, gracias a todos los profesores, sobre todo a los que tuve en 4ºESO, porque todos y cada uno de ellos, y de ellas, me han enseñado todo lo que se. ¡Gracias! =)

m.l.r. dijo...

Escuché en su momento el discurso y me parecen muy acertadas tus reflexiones. Pertenezco a esa generación que tuvo su adolescencia y su primera juventud (luego tuve otra) en las postrimerías de la dictadura, de hecho terminé la carrera en junio del 75; a esa generación nos educaron en no pensar,no hablar, acatar instrucciones,..., pero tuvimos que educar a nuestros hijos en nuestra incipiente democracia. Gracias a Dios, o a la vida, en mi caso pienso que con éxito.
Accedí a la educación hace 35 años de forma casi involuntaria, y me "enganchó su magia"; pienso como tú que las materias se pueden aprender en cualquier momento de nuestra vida pero en cambio las actitudes, los valores, lo realmente importante para nuestra convivencia en sociedad hay que asimilarlo desde la cuna y los profesionales de la educación tenemos también una gran responsabilidad en ello.
Estoy totalmente de acuerdo contigo en que tenemos que dignificar nuestra profesión tan denostada e incomprendida por la sociedad hoy día. No será una tarea fácil y me temo que no va a llegar el reconocimiento desde fuera.
En cuanto a los valores democráticos tendríamos mucho que hablar. Quienes hemos vivido sin ellos apreciamos plenamente lo que disfrutamos hoy pero desgraciadamente no todo el mundo tiene claro hoy que la libertad de uno termina donde empieza el derecho y la libertad del otro, que libertad no es libertinaje sino responsabilidad y compromiso ante la tarea que cada uno tiene que llevar a cabo. Estos son también los valores que tendremos que transmitir a nuestro alumnado; las materias, con o sin CCBB, vendrían detrás por añadidura.
Bien Ana, gracias por tu aportación.
¡ Ángel, espero ver dignificada nuestra profesión antes de jubilarme!

Rafacasado dijo...

Encandilado por la firmeza y belleza de tus reflexiones, querida Ana, me uno sin reservas a tu declaración reivindicativa y dignificadora de nuestra labor diaria, silenciosa, a menudo denostada por casi todos y todas, desde demasiados ámbitos de la sociedad. Sin embargo, no sería demasiado optimista yo al respecto; no mientras la educación esté en manos de ideólogos
demagogos que en su vida han pisado un aula, no mientras prepondere el mando de unos pocos sobre una sociedad deliberadamente "aborregada", no mientras nos aten de pies y manos a los que estamos al pie del cañón y decidan por nosotros, o lo que es peor, que se nos estigmatice por si quiera dudar de la norma que ellos dictan para nosotros.